LA PROFESION QUE CRECIO “PARA ADENTRO”
Un recuerdo que vale más que cualquier estadística
Hay una imagen, ya un recuerdo nostálgico, que resume mejor que cualquier gráfico la evolución de la profesión contable en Argentina en los últimos treinta años.
Un contador, principios de los 90, trabajando por su cuenta, o con uno o dos asistentes. Con una cartera de clientes razonable, el trabajo que salía, el tiempo que “no faltaba”.
No es que “se trabajaba poco” — sino que la carga administrativa de esa época era manejable para una persona con criterio y experiencia.
Hoy ese mismo estudio, con la misma cantidad de clientes, necesitaría el doble de recursos y el personal para mantener la misma productividad del trabajo.
… Como se llegó acá?
… y como recuperar lo perdido?
Para poder contestarlo, cuales fueron los eventos, cambios, que, acumulados a lo largo de los años, transformo la profesión del contador público, y su forma de trabajar.
¿Qué pasó en el medio?
La marea que fue subiendo
Argentina tiene una característica que la distingue de casi cualquier otro contexto en el mundo: una presión normativa e impositiva que no solo es alta, sino que cambia de forma permanente y acumulativa.
Cada gestión de gobierno sumó regímenes. Cada crisis fiscal generó nuevas obligaciones de información. Cada intento de combatir la informalidad creó nuevos formularios, nuevas presentaciones, nuevas obligaciones para el contribuyente
,,, y el contador tenía que responder.
La profesión que creció para adentro: una historia en períodos
Los 90: el mundo era más simple
Un contador de principios de los 90 trabajaba con la DGI — la Dirección General Impositiva, precursora de la AFIP, ahora ARCA.
El esquema era relativamente claro: impuesto a las ganancias, IVA, aportes y contribuciones. Los formularios eran en papel, los vencimientos eran conocidos, y la cantidad de frentes abiertos que había que monitorear simultáneamente era manejable para una persona con criterio y un par de asistentes.
No era fácil. Pero era abarcable.
El trabajo se podía planificar. Había temporadas altas y temporadas más tranquilas. Un estudio mediano podía funcionar con estructura pequeña y aun así dar un servicio de calidad, porque la carga operativa del sistema lo permitía.
Nace la AFIP
En 1996, el gobierno de Menem fusionó la DGI y la Aduana mediante el Decreto 1156/96, dando origen a la AFIP. Lo que parecía una simplificación administrativa fue en realidad el inicio de una nueva etapa: un organismo unificado con más capacidad de cruzar información, más ambición fiscalizadora, y más herramientas para exigir datos.
La llegada del Monotributo
En 1998 se sancionó la Ley 24.977, que creó el Régimen Simplificado para Pequeños Contribuyentes — conocido como Monotributo — introduciendo por primera vez un esquema unificado que reemplazaba IVA, Ganancias y aportes en un único pago mensual
Para el contador, esto significó todo un nuevo flujo de clientes que antes estaba poco regularizado o fuera del sistema, a una nueva categoría de clientes con su propia lógica, sus propias categorías, y sus propios vencimientos.
El problema no es que “aparecieron los monotributistas”.
El problema es que el sistema no definió quién debía gestionarlos eficientemente — y esa carga terminó cayendo, casi por inercia, sobre los estudios contables.
El contador de ese entonces nunca estuvo pensado para gestionar volumen masivo de tareas simples.
Sin embargo, el sistema lo terminó posicionando exactamente en ese lugar
2000-2010: la explosión de los regímenes de información
El contador deja de ser solo quien calcula impuestos
y pasa a ser quien mantiene actualizado un sistema de información permanente
En 2001, durante la presidencia de De la Rúa, se incorporó a la AFIP la Dirección General de los Recursos de la Seguridad Social.
Terminó de consolidar un cambio más profundo: el organismo empezaba a concentrar cada vez más información en un solo lugar, aumentando su capacidad de control y cruce de datos.
Esta es la década donde la carga administrativa empieza a crecer de forma sistemática y acumulativa.
El fisco descubre el poder de la información cruzada. Si cada contribuyente informa sus compras y ventas, sus retenciones y percepciones, sus operaciones bancarias y sus bienes, se puede controlar la evasión sin necesidad de inspecciones físicas masivas.
La lógica es razonable.
El efecto para el contador fue una avalancha de nuevas obligaciones.
Aparecen los regímenes de información de compras y ventas — el CITI IVA. Las retenciones y percepciones de ingresos brutos provinciales, cada provincia con su propio sistema, sus propios agentes, sus propias alícuotas y sus propios vencimientos.
Los regímenes especiales para sectores específicos: granos, turismo, operaciones inmobiliarias, bienes usados. Cada uno con su resolución general, su aplicativo, su formato de archivo, su fecha de presentación.
El contador de esta época empieza a pasar una parte creciente de su tiempo no en el análisis o el asesoramiento, sino en la gestión pura de obligaciones informativas.
Descargar aplicativos. Completar formularios. Importar archivos. Verificar que la presentación haya sido aceptada. Guardar la constancia.
2011-2015: la digitalización que complicó antes de simplificar
Desde 2014, la AFIP impulsó la implementación obligatoria de la factura electrónica para la mayoría de los contribuyentes. En teoría, era una modernización. En la práctica, fue una transición que le generó a los estudios contables meses de trabajo extra: capacitar clientes, adaptar sistemas, resolver incompatibilidades entre los formatos de la AFIP y los sistemas de gestión existentes, y atender consultas de contribuyentes que no entendían qué tenían que hacer ni por qué.
La norma implicó un cambio importante a nivel administrativo en las empresas y a nivel profesional para los contadores, y los plazos no siempre acompañaron las expectativas.
La factura electrónica no fue la única novedad. En estos años se sumaron el domicilio fiscal electrónico — con sus notificaciones que había que monitorear para no perder plazos — y una proliferación de servicios con clave fiscal que cada contribuyente tenía que habilitar, mantener y usar para trámites que antes se hacían de otra manera.
El sistema se digitalizó, sí. Pero cada digitalización vino con su propia curva de aprendizaje, su propio manual, y su propio conjunto de errores posibles que el contador tenía que conocer para poder resolverlos.
2016-2019: más capas sobre las capas
La expansión no se detuvo. Se sumaron nuevos regímenes de retención y percepción provinciales — SIRCREB, SIRPEI, IIBB online — con lógicas y calendarios propios. Las provincias empezaron a recaudar directamente sobre cuentas bancarias, lo que generó una nueva fuente de consultas de clientes que veían descuentos en sus cuentas sin entender de dónde venían.
Se implementó el libro IVA digital, que cambió la forma de registrar compras y ventas y requirió adaptar procesos internos de los estudios. Se expandieron los regímenes de información sobre bienes personales y participaciones societarias. Cada actualización del sistema de la AFIP generaba un período de incertidumbre mientras los softwares de gestión se ponían al día.
En paralelo, la inflación empezó a crecer de forma sostenida, lo que agregó una capa de complejidad extra: ajuste impositivo por inflación, actualizaciones permanentes de topes y escalas, y la necesidad de revisar constantemente números que en otro contexto serían estables.
2020-2023: pandemia, moratoria, y el teletrabajo que nadie pidió … pero se quedó.
La pandemia de 2020 forzó una digitalización acelerada de procesos que muchos estudios todavía gestionaban de forma presencial o semipresencial.
La atención de clientes migró a WhatsApp y videollamada. Los trámites que requerían presencia física encontraron soluciones parciales y muchas veces complicadas.
Al mismo tiempo, el contexto económico generó una oleada de consultas: moratorias, planes de facilidades, suspensiones de vencimientos, cambios de alícuotas. Cada medida de emergencia llegaba con poco tiempo de anticipación y requería que el contador la entendiera, la explicara a sus clientes, y la implementara, todo al mismo tiempo.
La carga no bajó. Al contrario: más volumen de consultas, más urgencia, y la necesidad de operar en un entorno completamente digitalizado para el que no todos los estudios estaban preparados.
Al finalizar la pandemia el gusto ya probado tanto por parte de los clientes, empleados hacia la posibilidad del “trabajo remoto”, abrió una puerta que nunca se cerró, muchas expectativas de lo que podría ser posible, la agilidad de comunicarse, la “no necesidad” de presencia física, puso por delante una manera de trabajar que todavía no estaba madura para su implementación en la profesión, produciendo en muchos casos más una desventaja y disminución de productividad y operativa en el trabajo.
2024 en adelante: ARCA y la promesa de simplificación
En octubre de 2024, el gobierno de Milei anunció la disolución de la AFIP, reemplazada por ARCA — la Agencia de Recaudación y Control Aduanero. El cambio de nombre y estructura viene acompañado de una agenda de simplificación normativa que, si se concreta, podría revertir parte de la acumulación de las últimas décadas.
Pero treinta años de sedimentación normativa no se revierten de un día para el otro. Y mientras tanto, el contador de 2025 sigue manejando un sistema con más regímenes, más presentaciones, más sistemas con clave fiscal, y más frentes abiertos que cualquier contador de los 90 hubiera imaginado posible.
¿Podemos afirmar que “El contador de hoy” no hace un trabajo más difícil que el de los 90?
Hace un trabajo más ancho. Más superficie que cubrir, más frentes abiertos, más cosas que monitorear, más presentaciones que hacer.
El volumen que nadie midió
Hay algo que no aparece en ningún informe oficial pero que cualquier contador que lleva años en la profesión siente con claridad: el tiempo que insume la burocracia pura creció de forma desproporcionada respecto de cualquier otra variable del trabajo.
No creció la complejidad técnica en la misma proporción. El criterio profesional que requiere liquidar un impuesto, asesorar a un cliente, o interpretar una norma no cambió radicalmente.
Lo que creció es el volumen de tareas que no requieren ese criterio pero que igual hay que hacer: cargar datos, verificar presentaciones, descargar constancias, cruzar información, preparar archivos para importar, responder consultas de estado, monitorear vencimientos.
Tareas que son necesarias. Que no se pueden delegar a alguien sin formación porque requieren cierto conocimiento del sistema. Pero que tampoco requieren la capacidad de un profesional formado.
Viven en un limbo incómodo: demasiado técnicas para cualquiera, demasiado mecánicas para el contador.
Y ese limbo consume horas. Todos los días.
La tecnología que existió, pero no acompañó
Lo paradójico es que, durante todo ese período de expansión burocrática, la tecnología también avanzó. Hubo herramientas y sistemas nuevos, que abrieron posibilidades.
Pero el avance tecnológico no fue al ritmo del avance burocrático, y, sobre todo, no fue en la dirección correcta.
Los sistemas de gestión contable mejoraron, pero siguieron siendo rígidos y costosos de implementar a las necesidades únicas de cada Estudio Contable.
Las herramientas de automatización existieron, pero venia con una carga de conocimiento técnico que la mayoría de los estudios no tenía el tiempo de adquirir, contar con “la persona de informática/sistemas” dentro de un estudio se empezaba ver como necesidad, pero en la práctica era un lujo para la gran mayoría.
Los organismos fiscales digitalizaron sus interfaces, pero lo hicieron de formas que muchas veces complicaron más de lo que simplificaron — cada sistema con su lógica propia, sus formatos de archivo propios, sus actualizaciones propias que rompían lo que funcionaba.
Era como si los programas y sistemas desarrollados apuntaban más a tener más ordenado y visualmente bonito “el caos operativo”, pero ese caos seguía ahí “esperando” a ser atendido, ordenado y procesado, por algún contador valiente dispuesto a sacrificar de sus horas semanales productivas
El resultado de esto fue ver una profesión que absorbió más y más trabajo sin la infraestructura tecnológica para manejarlo de forma eficiente.
La reacción natural, casi inevitable …
… fue contratar más gente. Más asistentes, trabajar más horas.
No debido a un crecimiento orgánico y natural del propio negocio debido a mayor cantidad de clientes y servicios, sino porque la carga operativa creció sola, por acumulación normativa.
Lo que se perdió en el camino, la identidad del Contador Público.
Hay un costo que no aparece en ningún balance: el tiempo que el contador dejó de tener disponible para el trabajo que realmente importa.
Acompañar y asesorar al cliente
El asesoramiento profundo, el seguimiento del día a día al cliente, las llamadas rutinarias entre ellos, y la importante visita periódica al negocio del cliente, marcaba un claro “estoy aquí”, el contador veía, preguntaba, aprendía del negocio, y el valor que podía traer sobre la mesa se multiplicaba.
El contador podía hacer una planificación fiscal detallada y profunda. El análisis de situaciones complejas.
La construcción de una relación de confianza con cada empresa o persona que tiene enfrente. Ese es el trabajo que diferencia a un buen contador de uno promedio, el que justifica honorarios, el que genera fidelidad y crecimiento.
Haber perdido eso, el contador, corre el riesgo de terminar viéndose por los dueños de negocios y empresas como “un mal necesario”.
En este contexto es el que tiene sentido hablar de automatización e inteligencia artificial — no como una novedad tecnológica interesante, sino como una respuesta concreta a un problema real que viene acumulándose desde hace décadas.
Por qué ahora el círculo puede cerrarse
Por primera vez, la tecnología disponible está a la altura del problema.
No para eliminar la burocracia — eso está fuera del alcance de cualquier herramienta. Sino para absorber la parte mecánica de esa burocracia de una manera que antes no era posible. Los modelos de lenguaje pueden leer documentos, procesar información, redactar comunicaciones, y adaptarse con flexibilidad antes no posible a nuevos escenarios y excepciones.
Las herramientas de automatización pueden conectar sistemas que no fueron diseñados para hablar entre sí. Los agentes de IA pueden ejecutar secuencias de tareas complejas sin intervención manual en cada paso.
El contador que trabajaba solo en los 90 y le sobraba el tiempo no era más eficiente por ser más inteligente o trabajar más duro. Era más eficiente porque la carga operativa de ese momento lo permitía.
Lo que la tecnología puede hacer hoy es restaurar algo parecido a ese equilibrio — no eliminando el trabajo, sino quitándole al profesional la parte que no requiere ser profesional para hacerse.
Eso es lo que quedó pendiente durante treinta años. Y es exactamente lo que estamos acá para construir en Tecno Automática.